Anoche, en su domicilio de Capital Federal, falleció el ex presidente Raúl Alfonsín. Hoy se conocieron algunas anécdotas protagonizadas por él, que me resultan interesantes a modo de despedida:Como Menem, Raúl Alfonsín también se separó de su esposa, Lorenza Barrenechea. Pero a diferencia del riojano, lo hizo con absoluta discreción, fiel a un estilo político que separaba estrictamente lo público de lo privado.
El cómodo pero no lujoso departamento de la avenida Santa Fe al 1600 donde falleció ayer fue el refugio de Alfonsín tras dejar la Presidencia. Curiosa elección por el ruido céntrico para un hombre de estilo campechano que a la pregunta “Como anda, doctor?”, respondía: “Bien, mientras no se corte el pial”.
Los jóvenes radicales que se unieron a sus cruzadas políticas después del boom del 83 entendían poco cuando Alfonsín los saludaba con un jingle de viejísima época: “¡Cómo anda la muchachada ganadora que se peina con Glostora!”.
Alfonsín se anticipó al recurso de Crónica TV que pone placa roja para anunciar en cualquier momento: “Faltan 115 días para el verano”. En los actos de 1993, el jefe radical contaba los días que faltaban para que Menem se fuera. Un día dejó de contar: había sellado, en secreto, el Pacto de Olivos.
Ya había pasado su momento de gloria, la presidencia, la salida anticipada del poder, pero Alfonsín se resistía a dejar las riendas de la UCR. Solo en su despacho del Comité Nacional, cada vez que leía en los diarios una jugada política interna que apuntaba a desplazarlo, le gritaba a su asistente, Carlos Ramírez (a quien llamaba “mi coronel Ramírez“): “¡Me quieren poner las pantuflas!”.
Alfonsín tenía un humor sardónico: en una interna, enfrentaba a Federico Storani, quien cedió a la tentación proselitista y se paseó en caballo en un acto del conurbano bonaerense. “Avísenle a ese muchacho que no da gaucho. Parece jugador de polo”, lo martirizaba.
Cuando decidió la Ley de Punto Final al enjuiciamiento de represores, la Juventud Radical anunció que se sumaba a la marcha de protesta en Plaza de Mayo. Alfonsín citó a los máximos dirigentes de la JR un domingo, en la Quinta de Olivos. Los hizo esperar y de pronto apareció con la banda presidencial colocada y el bastón de mando en la mano. Era para que entendieran que, a su juicio, estaba en juego la República.
Reunión del alto mando radical previa a las elecciones de gobernadores en 1987. Si Cafiero ganaba en la provincia de Buenos Aires (como finalmente ocurrió), la presidencial del 89 quedaba servida para el PJ. El encuestador preferido de Alfonsín llevó sus números y comunicó con pesar: “Gana Cafiero, Raúl”. Alfonsín ni lo miró: “No puede ser, vaya y mida de nuevo”, dijo, y pasó a otro tema.
Verano del 89. Saqueos, inflación y, por si fuera poco, cortes de energía. El actor Luis Brandoni visita a su amigo el presidente. Lo encuentra en mangas de camisa y con un antiguo turboventilador. Alfonsín le pide que se arremangue porque “con esta crisis no vamos a prender el aire acondicionado”.